lunes, 27 de enero de 2020

Kobe Bryant ha muerto, vale ¿y qué?

Premier Deuil de William-Adolphe Bouguereau
Premier Deuil de William-Adolphe Bouguereau
Vamos a ver, que nadie me entienda mal, la muerte de un ser humano nunca es algo que se deba minimizar, sea por muerte natural, accidental o por acciones de terceros. Pero tampoco se puede, ni se debe, sobredimensionar como suele ocurrir con las celebridades.

Este fin de semana ha fallecido un ex jugador de baloncesto en un accidente de helicóptero, trágico. Más trágico porque le acompañaba su hija de trece años. Pero no menos trágica que la muerte de los siete acompañantes que iban en el mismo aparato. Y mucho menos es más trágica que la muerte de una vecina de Lugo (presuntamente) a manos de su marido este mismo domingo, ni que ninguna de las otras cinco de este 2020. O de las cincuenta y cinco del año pasado, de las más de treinta y cinco mil víctimas contabilizadas en el Mediterráneo por buscar una vida digna o de ninguna de las muertes en los conflictos armados que azotan este mundo del siglo XXI.

Ninguna muerte debe dejar de importar más que otras en sí misma pero ¿por qué unas tienen más resonancia en los medios? ¿Por qué algunas provocan grandes lamentos públicos mientras que otras a lo sumo un mero comentario en una tertulia de sobremesa?

Vivimos en un mundo cegado por el espectáculo. Un mundo en el que nos han dicho (más bien metido en la mollera con martilleante insistencia) que el famoseo es más que el populacho, y encima con una moral judeocristiana que impide hablar mal de los muertos. Por tanto un muerto famoso es la tormenta perfecta en la que hay que honrar sí o sí al finado, rasgarse las vestiduras y cantar alabanzas a tal persona sin haber cruzado nunca los caminos ni haber coincidido, quizá, en el mismo continente ni una sola vez. Pasó con Suárez que fue el mejor presidente de la historia, un gran demócrata desde el primer día; con Fraga Iribarne, otro demócrata de pro; George Bush padre o Juan Pablo II que se hizo famoso por proteger a la iglesia de la pederastia, pero no erradicándola sino pretendiendo que no se hablara de ella, algo muy diferente que no se podía decir cuando el santo padre estaba de cuerpo presente.

Kobe Bryant ha muerto. Ha muerto en un accidente de helicóptero. Iba en helicóptero porque podía y solía usarlo para ahorrarse el tráfico de Los Ángeles. Usar un helicóptero no es malo ni te hace especialmente mala persona, pero sí te pone en la lista de los que pueden morir en un accidente de helicóptero lo cual quita la rareza del asunto. Es como si uso un ascensor a diario para entrar o salir de casa y un día me cayera con él. ¿Malo?, sí. ¿Trágico?, también. ¿Esperable?, al menos no extraño y dentro de lo posible. ¿Entonces de dónde viene la consternación? Viene de que era (es) famoso. La muerte de una persona que suele copar las portadas y las noticias se nos antoja dolorosa e inesperada. Injusta, no se lo merecía ¿por qué? Porque era famoso. ¿Se lo merecía el centenar de chinos muertos por el coronavirus de moda? ¿Las cuatro personas que Gloria ha arrastrado al mar? No, pero ellos sólo han copado una noticia. O ni eso, un breve, una frase.

Kobe Bryant era persona, eso no es duda. ¿Era buena persona? ¿Lo era como para que se paralice el mundo? Lo que sabemos fehacientemente de él es que violó. Violó y lo saldó con dinero, al menos una vez. Sabemos que hace poco dijo que no tenía herederos, pero tenía una hija que era una promesa del baloncesto. ¿Era buena persona? No lo sé, como tampoco lo saben los millones de personas que hoy llenan las redes con un dolor impostado y grandilocuente. Y el motivo de todo esto es que era famoso.

En una sociedad sana y justa se reconocería a las personas no sólo por sus esfuerzos y sus éxitos sino por su contribución a la sociedad. A su avance, a su progreso y a su mejora. El espectáculo es parte de esa sociedad así como el deporte, ¿pero tanto? Artistas de cine, futbolistas, cantantes copan portadas en vida y no menos una vez muertos porque nos venden un mundo en el que querríamos vivir, un mundo de color de rosa y de éxitos donde la felicidad nos rodea y nada entorpece nuestra existencia. Quizá por eso nos afecta tanto saber que Witney Houston era una mujer maltratada adicta a la cocaína que murió sola en una bañera o que la ingesta incontrolada de alcohol terminó con la voz de Amy Winehouse. Quizá la única verdad es que no son tan diferentes de ese vecino que vemos pasar en un coche fúnebre y al que ignorábamos al pasar por la plaza porque simplemente no lo conocíamos. Son como aquella mujer que sufre en la cama de un hospital en compañía de su familia hasta que deja de hacerlo. O son como los pescadores que esta semana pasada desaparecieron mientras trabajaban para poner un plato en la mesa y a los que no se recuerda con aspavientos ni grandes muestras públicas de duelo. No eran famosos.

Hace más de dos mil años la antigua Roma ya inventó esto y lo llevó a la práctica con asiduidad, panem et circenses lo llamaban. Hoy lo hacemos igual, más o menos, porque el circo está minusvalorado y el pan no llega a muchos estómagos que lo demandan sin gritos.

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