viernes, 14 de febrero de 2020

La civilización de una sociedad

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Autor Gerd Altmann (publicdomainpictures.net)
Existen un par de dichos (desconozco cuál es el original) que rezan que el grado de civilización de una sociedad se basa en como es capaz de tratar a sus presos o a sus animales. Existe alguna variante que se refiere a como trata a sus ancianos, a la educación o a cualquier otro servicio o colectivo que interese proteger en ese momento.

Desde mi punto de vista el grado de avance de una sociedad, civilización si se quiere, en realidad se puede medir en como es capaz de debatir el grueso de sus integrantes, me explico. El ser humano debate, debate y discute todo aquello que le rodea y es susceptible de generar opinión, por tanto debate y discute de absolutamente todo. Siempre he defendido que discutir no es pelear, es tratar de convencer al otro de nuestro punto de vista con más o menos énfasis y vehemencia mientras tratan de convencernos a nosotros de la tesis contraria. Por tanto un debate, una discusión, se produce indefectiblemente entre iguales, tiene que mediar un respeto inapelable que otorgue carta de validez a los argumentos contrarios pese a que no los consideremos válidos. Esto parece oscuro y rimbombante pero es más sencillo de lo que parece.

Imaginemos dos personas debatiendo de algo tan fútil como si la tortilla de patatas debe llevar cebolla o no. Es un debate interesante en que absolutamente todo el mundo tiene una opinión más o menos beligerante. Pues bien para que se dé el debate es necesario que ambas reconozcan a la otra como interlocutor válido, reconozcan que tiene el derecho a expresar su opinión y la capacidad de formarse una, sea esta cierta o no bajo nuestro punto de vista. Una vez hemos hecho este reconocimiento es necesario que tengamos otra capacidad no menos importante: la empatía. La empatía nos coloca en el lugar del contrario para poder tratar de entender su punto de vista desde su posición vital, sus experiencias, carencias y realidades. Sin estas dos premisas (reconocimiento y empatía) el diálogo no puede darse en base a igualdad y por lo tanto no es posible.

La primera variable es sencilla, si no reconocemos al otro como interlocutor válido no vamos ni siquiera a escuchar sus razonamientos. ¿Para qué? Como no es alguien que esté a nuestra altura no será capaz de argumentar correctamente y por lo tanto el debate está ganado: yo tengo razón y tú no puedes decir lo contrario. Esta situación se da con relativa frecuencia en cualquier discusión: basta con que un profesional o experto de algo debata con un lego sobre una materia dentro de su campo, la primera reacción será desdeñar lo que opine el otro ya que nosotros tenemos el valor de la experiencia y el conocimiento mientras que nuestro oponente divaga. Quien lea estas líneas puede pensar que esta situación tiene toda la lógica del mundo, si sabes sabes y si el otro no sabe no puede opinar. Pero ¿es así? Si vamos a ciencias exactas (matemáticas, físicas), ciencias experimentales (biología o química) o ciencias sociales (arte, historia...) hay un amplio campo de conocimiento objetivo: sumas, restas, composiciones químicas, autoría de una obra... pero hay zonas difusas en las que un lego puede dar una visión nueva. Me refiero claro a las áreas que conforman las teorías no comprobadas o aquellas áreas interpretables por el observador. Aquí la frontera en la que situamos la superioridad del conocimiento frente al desconocimiento directo puede difuminarse en algunos puntos, de todos modos no es el objeto de este comentario delimitarla precisamente por su carácter inespecífico. Sí que es objeto de comentario el hecho de que en ocasiones, no pocas, simplemente no reconocemos la opinión del contrario por el mero hecho de estar situada en un ámbito ideológico contrario al nuestro. esto suele personificarse en falacias ad hominem tanto en positivo como en negativo (esto es bueno porque ya lo dijo Marx o esto no es válido porque es lo que hacían los nazis). Al situarnos en un antagonismo ideológico ya resolvemos la cuestión prejuzgando que el entendimiento no es posible ya que ninguno va a dar su brazo a torcer y que no hay punto medio válido y por lo tanto zanjamos advirtiendo que no hay debate posible.

La segunda posibilidad, pese a estar profundamente ligada a la primera, es la que se da con más frecuencia. AL falta de empatía impone al argumentante la limitación de la experiencia propia obviando que tanto para la formación de una opinión como para su puesta en práctica precisa de un contexto capaz de cambiar completamente el sentido inicial de la premisa. Voy a poner dos ejemplos.
  • Veganismo sí o no. El debate realmente solo es posible en el primer mundo, sin contraindicaciones médicas (si es que pueden existir) y en una realidad socioeconómica que nos permita elegir. En un contexto de pobreza o del tercer mundo es un debate que no puede darse ya que, en múltiples ocasiones, simplemente se come lo que se puede.
  • La eutanasia es permitir el asesinato y el suicidio. Aquí el contexto es mucho más dramático y claro: evidentemente no es lo mismo que un médico ayude a terminar con la vida de un enfermo terminal sin esperanzas de curación y con sufrimiento físico y psicológico no paliable que el dar pasaporte a la vecina del tercero por chismosa. Lo del suicidio lo obvio porque creo que cada uno es dueño de sí mismo y que con la cabeza despejada y sin traumas puede disponer de su supervivencia como le venga en gana (excepto si salta desde una ventana hacia una acera concurrida, ahí veo incompatibilidades).
Evidentemente son ejemplos extremos pero ilustrativos. Igualmente podríamos decir que yo no puedo criticar que alguien escriba con faltas de ortografía si no conozco su vida y sus oportunidades de escolarización.

En el día a día vemos que no solo no somos capaces de debatir dando carta de legitimidad y valorando las motivaciones de la otra persona si no que ni siquiera somos capaces de argumentar debidamente cayendo en el insulto más gráfico que se nos ocurra para cargarnos de razones y dar por zanjado el debate. Esto suele darse bien por simple desprecio hacia el otro, bien porque en nuestra formación no ha habido espacio para el pensamiento crítico y en multitud de ocasiones no sabemos por qué opinamos lo que opinamos, simplemente repetimos lo que tenemos en la cabeza y que ha llegado ahí vayaustéasabercomo (aunque adelante que por el método de la repetición y el aprendizaje del loro).

Todo esto no es nuevo, evidentemente, solo es que se encuentra exacerbado por la irrupción (hace ya años) de las redes sociales. En nuestra formación curricular y humana nunca ha habido la posibilidad de aprender a dudar de lo que nos cuentan, nunca nos han animado a poner en cuestión nuestras creencias ni en replantearnos nuestro esquema mental. Por eso los argumentos más repetidos son el y tú más con todas sus variantes junto con el nos tienen manía, nótese que en los temas más profusos como son la política o el sempiterno fútbol se dan con excesiva frecuencia. De hecho baste un paseo por muros propios y ajenos en Twitter o Facebook para ver ejemplos palmarios de noticias compartidas con el insulto de turno bien sea denostando al protagonista de las mismas o al antagonista de turno con un ellos no lo harían.


Cabría pensar que la solución es sencilla, de hecho es posible porque de vez en cuando una luz aparece en la niebla y nos muestra a dos (o más) supuestos antagonistas debatiendo con argumentos. Que sí, que no se pondrán de acuerdo, pero coñe, hace ilusión verlo y vivirlo. Decía que la solución es simple y llana y la he apuntado en el párrafo anterior: formar en espíritu crítico, en buscar el por qué en lugar de repetir, aprender a escuchar (no solo a oír) y en tener claro que diga lo que diga el personaje experto que corresponda no tiene patente de corso ni razón eterna, que si se la damos o quitamos sea porque lo hemos meditado.

Pero claro, es necesaria voluntad y me da que hay demasiada gente viviendo cómoda con cierto hooliganismo que les da la razón sin pedirla y con un equipo de odio enfrente que lo realimente. No obstante sería injusto darle todo el mérito a esta voluntad de antagonismo, el otro motivo no poco importante es que todo debate deriva en discusión que en realidad es una pelea, por lo tanto se desvirtúa y y ano está encaminado en el aprendizaje mutuo y la pedagogía si no que se basa en ganar. De ahí que el insulto virtual y el mamporro presencial sean recurrentes sistemas para zanjar el debate mismo.


Perdidos andamos. E incivilizados.

lunes, 27 de enero de 2020

Kobe Bryant ha muerto, vale ¿y qué?

Premier Deuil de William-Adolphe Bouguereau
Premier Deuil de William-Adolphe Bouguereau
Vamos a ver, que nadie me entienda mal, la muerte de un ser humano nunca es algo que se deba minimizar, sea por muerte natural, accidental o por acciones de terceros. Pero tampoco se puede, ni se debe, sobredimensionar como suele ocurrir con las celebridades.

Este fin de semana ha fallecido un ex jugador de baloncesto en un accidente de helicóptero, trágico. Más trágico porque le acompañaba su hija de trece años. Pero no menos trágica que la muerte de los siete acompañantes que iban en el mismo aparato. Y mucho menos es más trágica que la muerte de una vecina de Lugo (presuntamente) a manos de su marido este mismo domingo, ni que ninguna de las otras cinco de este 2020. O de las cincuenta y cinco del año pasado, de las más de treinta y cinco mil víctimas contabilizadas en el Mediterráneo por buscar una vida digna o de ninguna de las muertes en los conflictos armados que azotan este mundo del siglo XXI.

Ninguna muerte debe dejar de importar más que otras en sí misma pero ¿por qué unas tienen más resonancia en los medios? ¿Por qué algunas provocan grandes lamentos públicos mientras que otras a lo sumo un mero comentario en una tertulia de sobremesa?

Vivimos en un mundo cegado por el espectáculo. Un mundo en el que nos han dicho (más bien metido en la mollera con martilleante insistencia) que el famoseo es más que el populacho, y encima con una moral judeocristiana que impide hablar mal de los muertos. Por tanto un muerto famoso es la tormenta perfecta en la que hay que honrar sí o sí al finado, rasgarse las vestiduras y cantar alabanzas a tal persona sin haber cruzado nunca los caminos ni haber coincidido, quizá, en el mismo continente ni una sola vez. Pasó con Suárez que fue el mejor presidente de la historia, un gran demócrata desde el primer día; con Fraga Iribarne, otro demócrata de pro; George Bush padre o Juan Pablo II que se hizo famoso por proteger a la iglesia de la pederastia, pero no erradicándola sino pretendiendo que no se hablara de ella, algo muy diferente que no se podía decir cuando el santo padre estaba de cuerpo presente.

Kobe Bryant ha muerto. Ha muerto en un accidente de helicóptero. Iba en helicóptero porque podía y solía usarlo para ahorrarse el tráfico de Los Ángeles. Usar un helicóptero no es malo ni te hace especialmente mala persona, pero sí te pone en la lista de los que pueden morir en un accidente de helicóptero lo cual quita la rareza del asunto. Es como si uso un ascensor a diario para entrar o salir de casa y un día me cayera con él. ¿Malo?, sí. ¿Trágico?, también. ¿Esperable?, al menos no extraño y dentro de lo posible. ¿Entonces de dónde viene la consternación? Viene de que era (es) famoso. La muerte de una persona que suele copar las portadas y las noticias se nos antoja dolorosa e inesperada. Injusta, no se lo merecía ¿por qué? Porque era famoso. ¿Se lo merecía el centenar de chinos muertos por el coronavirus de moda? ¿Las cuatro personas que Gloria ha arrastrado al mar? No, pero ellos sólo han copado una noticia. O ni eso, un breve, una frase.

Kobe Bryant era persona, eso no es duda. ¿Era buena persona? ¿Lo era como para que se paralice el mundo? Lo que sabemos fehacientemente de él es que violó. Violó y lo saldó con dinero, al menos una vez. Sabemos que hace poco dijo que no tenía herederos, pero tenía una hija que era una promesa del baloncesto. ¿Era buena persona? No lo sé, como tampoco lo saben los millones de personas que hoy llenan las redes con un dolor impostado y grandilocuente. Y el motivo de todo esto es que era famoso.

En una sociedad sana y justa se reconocería a las personas no sólo por sus esfuerzos y sus éxitos sino por su contribución a la sociedad. A su avance, a su progreso y a su mejora. El espectáculo es parte de esa sociedad así como el deporte, ¿pero tanto? Artistas de cine, futbolistas, cantantes copan portadas en vida y no menos una vez muertos porque nos venden un mundo en el que querríamos vivir, un mundo de color de rosa y de éxitos donde la felicidad nos rodea y nada entorpece nuestra existencia. Quizá por eso nos afecta tanto saber que Witney Houston era una mujer maltratada adicta a la cocaína que murió sola en una bañera o que la ingesta incontrolada de alcohol terminó con la voz de Amy Winehouse. Quizá la única verdad es que no son tan diferentes de ese vecino que vemos pasar en un coche fúnebre y al que ignorábamos al pasar por la plaza porque simplemente no lo conocíamos. Son como aquella mujer que sufre en la cama de un hospital en compañía de su familia hasta que deja de hacerlo. O son como los pescadores que esta semana pasada desaparecieron mientras trabajaban para poner un plato en la mesa y a los que no se recuerda con aspavientos ni grandes muestras públicas de duelo. No eran famosos.

Hace más de dos mil años la antigua Roma ya inventó esto y lo llevó a la práctica con asiduidad, panem et circenses lo llamaban. Hoy lo hacemos igual, más o menos, porque el circo está minusvalorado y el pan no llega a muchos estómagos que lo demandan sin gritos.