miércoles, 8 de mayo de 2013

Cualquier tiempo pasado no fue mejor

franquismo
Hace unos días, escuchando la radio, oí a alguien quejarse de lo poco representado que se veía por la casta política actual. El caballero en cuestión se lamentaba de la cantidad de "supuestos" casos de corrupción que nos rodean y de, a su parecer, escaso valor democrático de los gobernantes actuales. Entre otras cosas mostraba su indignación por el poco interés que mostraban los políticos ante los problemas reales de la gente y de la excesiva preocupación por medrar y mantener la poltrona. Reflexionaba, y ahí estaba su error, que como no funcionaba correctamente el estado constitucional había que volver a un estadio anterior.

Es un error frecuente entre mucha gente el pensar que el franquismo era una época plácida en la que lo que estaba atado y bien atado no era sólo el futuro político del país si no también el modelo social y económico.


Se parte del hecho que, al contrario de lo que ocurre hoy, las noticias no mostraban casos de violencia doméstica, tráfico de drogas, robos o política fraudulenta. Pero ocurrían. La censura informativa no se circunscribía sólo a las noticias referentes al régimen (curioso epíteto).


No se debería olvidar de que hablamos de una dictadura con todas sus implicaciones. No sólo se merma la libertad de información solamente, desaparece también la libertad política, sindical y social. Se pierden los derechos fundamentales, educación, reunión, religión (o la falta de ella). La presunción de inocencia desaparece y la burocracia legal sirve para que los escalones más altos de la jerarquía política se salten el propio sistema legal.


Vamos a ir por partes: el sistema actual es una democracia, coja y tuerta, pero democracia. El valor intrínseco de ella es que si el electorado está suficientemente informado y concienciado, la clase dirigente política no tiene oportunidad de perpetuarse. Se establecen mecanismos transparentes para garantizar que no se meta mano en las cajas públicas, no se trafique con influencias y se permita al ciudadano opinar y decidir sobre lo que le interesa. El problema, claro está, es que el valor intrínseco de la democracia no está garantizado en el sistema actual. En anteriores post se ha mencionado ya cuales son los mayores fallos de nuestras instituciones (incluida la corona) y de cómo la justicia no es un dechado de transparencia si no de manipulación. No repetiremos lo allí indicado, sólo apuntaré que uno de los mayores valores determinantes para que una democracia madure no se está prodigando y me refiero, naturalmente, a la participación ciudadana.

Alguien estaría tentado de apuntar que son muchos los movimientos sociales que existen hoy en día y que mucha y muy importante es su labor. Cierto, moviemientos como 15-M, PAH o la plataforma Stopdesahucios realizan una importante doble misión, por un lado vertebrar un movimiento social transversal y por otro sacudir al stablishment político. Pero no bastan. No bastan porque nuestra clase política (salvo contadas excepciones) se muestra refractaria a toda propuesta social que no provenga de su estamento o, peor aún, de su mismo partido.

Y ¿cuál es la solución? se puede preguntar alguien. Pues a la modesta opinión del que esto escribe, la solución pasa por una reforma integral del sistema político actual (Europa incluida). Habría que instalar un sistema capaz de integrar políticas realmente democráticas que sirvan para educar, y usar, a una población falta de tradición realmente democrática. Se necesitarían políticos con auténtica voluntad de servicio capaces de sobreponerse a las necesidades veleidosas de su red clientelar. Si eso debe hacerse desde dentro del sistema o rompiendo el juego y jugando, temporalmente, con otras reglas menos democráticas.

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