miércoles, 11 de septiembre de 2013

Diada de Catalunya


Senyera


Nova PlantaHoy es once de septiembre y en mi Catalunya natal se conmemora la Diada, y he dicho bien, se conmemora, no se celebra. Hoy se recuerda que hace 299 años la ciudad de Barcelona cayó, tras un sitio de once meses bajo el peso de las tropas felipistas comandadas por el Duque de Berwick. No fue el final de la guerra, dos días más tarde caería Manresa y al año siguiente Mallorca. Casi tampoco el fin de las instituciones catalanas que se mantuvieron, descabezadas, en un limbo hasta 1716 en que se aprueba, publica y ejecuta el Decreto de Nueva Planta.

No es mi interés el de dar ahora una clase de historia, tampoco, quizá, el justificar un movimiento independentista en el principado catalán. Sólo dar un par de pinceladas sobre qué implica el proceso actual y cuál es su origen.

Mucha gente cree que el catalanismo o, si se prefiere, el independentismo, es algo moderno, incluso un invento del actual presidente de la Generalitat Artur Mas. En este enlace se puede encontrar información sobre los diferentes partidos y asociaciones que se han pronunciado a favor de la independencia política de Catalunya.

Y he dicho bien, independencia política, parece de perogrullo, pero uno de las críticas que más se repiten ante cualquier independentista es que la independencia no existe, todos los países son interdependientes entre ellos. Claro, los independentistas no nos hemos caído de un higo. Sabemos que hay obstáculos, que la economía se verá alterada (aunque el sentido no creo que lo conozca nadie exactamente) y sabemos que las razones son puramente subjetivas.

Las razones que suelen esgrimirse son básicamente dos. A saber:
  1. Motivos históricos
  2. Motivos económicos
Sobre los primeros ya he dicho que no pretendo una clase de historia. Sólo reseñar que la aspiración del movimiento independentista consiste en emular el estatus de soberanía existente en 1714 excluyendo la figura monárquica (que en Catalunya tenía rango de Conde de Barcelona) de la ecuación. Sobre ello hay que añadir, no obstante, que el hecho de que en el pasado hubiera un estatus político determinado no es motivo suficiente para justificar cualquier cambio presente o futuro.

El segundo motivo parece más claro, no es en balde el más esgrimido ante propios y extraños. De entrada parece obvio, el principado de Catalunya ha disfrutado siempre de un sistema productivo muy activo y proactivo. Existe un tejido industrial (aunque en decadencia debido a la deslocalización y otras crisis) y un sector servicios muy desarrollados que durante mucho tiempo han podido generar suficiente riqueza como para que la renta por cápita media haya sido, si no de las más altas de Europa, sí de las más altas del tramo medio. Pero tampoco es el motivo real. Balanzas fiscales negativas y otras presiones fiscales sólo sirven para intentar explicar qué pasaría el día después de la independencia puesto que la viabilidad del proyecto no es, en realidad, su razón de ser si no, si acaso, un elemento favorecedor. Al principio he dicho que nadie puede saber con certeza cuál sería el impacto económico pero es de esperar que los mercados económicos se autorregulen y equilibren en relativo poco tiempo, pero como tampoco es un motivo válido pasaremos al motivo real.

Y llegados aquí sólo cabe desvelar el misterio: no hay motivo real, no hay un sólo motivo para desear la independencia y en realidad hay muchos. Cada persona tiene el suyo: yugo cultural, opresión económica, vuelta a un estatus político soberano, etc. Todas son válidas y todas sirven para aquel que se sienta identificado con ellas y son objetivamente inútiles para todo aquel que no comprenda los anhelos del prójimo. Al final la respuesta es, otra vez, sencilla democracia y el respeto a ella. Sabemos que hay gente en contra de la independencia política y otros a favor, bien hagamos lo que hacen los estados civilizados del mundo:

Votemos señores, votemos.
votar



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