domingo, 28 de junio de 2015

En pleno siglo XXI

Hace unos días tuve que acudir al velatorio y posterior entierro de un buen amigo, y no, no voy a glosar las virtudes del finado aunque estas existieron y no eran pocas precisamente. No, esta vez me quiero referir a algo que vi y que pese a ser consciente de su existencia desde siempre, y aún hoy, me golpeó como si fuera nuevo para mí o como si una rémora del pasado volviera para imponer su oscura presencia entre los modernos mortales.

Sucedió que, como suele ser en estos casos, los asistentes estábamos concentrados en grupos de afinidad, amigos por un lado, compañeros de trabajo en otro, familia... y en un momento del día alguien de la familia se acerca al grupo de los amigos y nos pide, con cierta naturalidad resignada si podía quedarse con nosotros. "Naturalmente que sí", el permiso, innecesario pero expresado, era genuino, como también lo era la pregunta subyacente: ¿Por qué lo pide? La pregunta en todo caso no fue formulada pero sí respondida por el susodicho.

Cabe decir que la persona que solicitó el permiso de nuestra/su compañía era/es cuñado del amigo a enterrar en tanto que pareja estable del hermano del mismo. Y el motivo de su adscripción al grupo de amigos y no al de familiares respondía al hecho de que una parte de la familia del difunto no podía aceptar su homosexualidad (o toda en general) y por lo tanto su pareja se veía excluida en tan delicada situación de la oportunidad de acompañar y dar consuelo a aquel con el que comparte sueños y alegrías (perdonadme el lirismo, pero creo que el relato lo precisa).

bandera arco iris
Justo es decir que el cuñado, llamémosle Pepe por darle un nombre, no necesitaba nuestro permiso para acercarse, pese a no tener un conocimiento mutuo dilatado en el tiempo no tenemos por costumbre rechazar a quien se acerca y menos al que lo hace con evidente cordialidad y educación, su orientación sexual nos importa tanto como el color de su pelo o si lleva barba o mejilla lampiña. El caso es que al preguntar esto el llamado figuradamente Pepe me pareció ver aquel cansancio tornado en resignación y cuasi aceptación del que sabe que lucha contra un muro y nada puede hacer. Uno siempre es consciente de la homofobia que aún tiñe nuestra sociedad, pero al moverse en entornos, llamemosles normales por favor, tiende a olvidarse de ello y a pensar que todos estamos lo suficientemente evolucionados como para no importarnos los compañeros de cama de quien tenemos enfrente. Pero en ocasiones la realidad se presenta como una bofetada y te recuerda que vivimos en una sociedad mucho menos evolucionada de lo que quisiéramos o desearíamos. Parece mentira que en pleno s.XXI se siga censurando a alguien porque su compañía íntima es de su mismo sexo pero se siga tolerando que determinados especímenes intolerantes y censores gocen de nuestro permiso tácito para relacionarse y disfrutar de nuestra compañía.

Paremos un momento a pensar en esto, ¿quién merece nuestra compañía?o mejor dicho ¿quién no la merece? Según mi humilde criterio es fácil, aquel que molesta no la merece, quien censura a los demás según normas morales trasnochadas no lo merece, quien dicta las ley según una estética y no atiende a las necesidades de dos (o más)personas adultas y libres no la merece, quien pretende decidir sobre el bien y el mal sin preocuparse de si agrede o no no lo merece, quien excluye, insulta, menosprecia y ridiculiza por razón de raza, creencia, condición, género u orientación sexual no puede estar a mi lado. En esto como en otras cosas poco me importa a quién bese, abrace o ame, el que es un impresentable lo es y el resto son personas y punto.

Probablemente Pepe acabe leyendo esto, también su pareja Pepito, y quizá me llegue un mensaje privado agradeciendo solidaridad en días como hoy en los que aquellos que son normales deben reivindicar su normalidad en frente de los que los pretenden "diferentes" o de inferior rango, pero no lo quiero, no quiero que se deba seguir defendiendo lo obvio, lo que debería ser y no es. No quiero defender nunca más la homosexualidad, no quiero que siga haciendo falta.


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